23 de julio de 2011

San Anthony Calling, proyecto Pueblos Abandonados.

En el marco del Día de las Artes Visuales se realizó en Valparaíso, el año 2010, el Encuentro de los Pueblos Abandonados; en donde varias disciplinas artísticas se reunieron dentro de Club Fábrica (hoy no existe). Hubo instalaciones, un charquicán masivo, lectura de poesía (a cargo de Florencia Smiths) y también música en vivo, presentándose Angelo Pierattinni con su sola guitarra. Entre otras cosas. 

Acá el registro que se hizo en video sobre el llamado de San Antonio y que se proyectó en varios puntos estratégicos del club. 






19 de julio de 2011

18 de julio de 2011

Nona Fernández presenta La Hediondez

A N I M A L E S 
E X Ó T I C O S




La biblioteca pública se pudre. Las termitas, los ratones y la humedad hacen de ella un gran festín. Todo el invaluable patrimonio libresco y documental de la zona está siendo mortalmente amenazado por la putrefacción máxima. A esto se suma el extraño hedor que emite el vecino Centro de Recuperación de Animales Exóticos, organización dependiente de la Dirección de Bibliotecas Archivos y Museos, y la fetidez intrínseca de las faenadoras de harina de pescado del puerto, que hacen del inmueble bibliotecario el lugar menos apto para la lectura y la investigación. Frente a este terrible flagelo, fruto de una situación política adversa a la cultura zonal, un grupo de hombres y mujeres sensibles y con conciencia crítica, todos poetas organizados, trazan una estrategia de lucha contra el sector oficialista y criminal identificado con el nombre de La Caleta, órgano supremo que toma decisiones supremas, para establecer un proyecto bibliotecario autónomo e independiente, libre y soberano. Lo que este grupo de poetas no imagina es la cruenta guerra en la que están involucrándose, ni cuáles serán las escandalosas y perversas consecuencias que tendrán que pagar por llevar a cabo su heroica misión.

Con esta sinopsis se traza La Hediondez, una intriga digna de película de acción del Tercer Reich, con funcionarios municipales malvados que trabajan de espías, con poetas impostores, con héroes que esquivan el poder oscuro del mal, con operativos de inteligencia, persecuciones, reuniones clandestinas en casas sindicales, en talleres literarios, o en bodegas de ropa americana. Una historia de resistencia cultural, de guerrilla contra las políticas criminales de intervención, una historia de conspiraciones perversas y paranoias absolutas, donde el amor no está exento, como en toda buena intriga peliculera, y el erotismo y hasta la pornografía, tienen su par de escenas cruciales y sabrosas bajo el techo de una carpa instalada en medio de la indómita playa de Santo Domingo.

Los héroes de este film, juguemos a que es una película de esas como de Tardes de Cine, protagonistas precarios, charchas, por qué no decirlo, se mueven con una pasión entrañable, con una energía olvidada, nostálgica, como de otros tiempos, que resucita en cada una de sus acciones un discurso bélico y furibundo, que se rebela en contra de la condena inexorable al deterioro y al abandono al que se ven expuestos. Personajes farsescos, chungueros, carnavalescos, protagonistas de una parodia clara de la vida cultural de provincia. Personajes que se mueven cuáticamente en escenarios feos, sucios, cochinos y pobres, protagonizando secuencias de un humor delirante. Vale la pena señalar la notable puesta en escena trazada clandestinamente en una bodega de ropa americana de la galería Rosales, del centro del puerto de San Antonio. Ahí se citan con extremo cuidado el poeta Prudencio Aguilar, líder e ideólogo de la resistencia cultural, y los jóvenes enamorados Chucho Velásquez, músico y surfista, aliado incondicional de los poetas porteños no impostores, y Elizabeth Portentosa, poeta y dueña del culo más portentoso del gremio. Los tres se reúnen entre percheros, colgadores y canastos llenos de ropa usada y conversan con disimulo, siguiendo las instrucciones estrictas de Prudencio, que los obliga a probarse ropa mientas hablan para parecer compradores comunes y corrientes y no activistas político culturales, como lo son. “Prudencio Aguilar se saca el abrigo de cuero que lo hace parecer un agente de la Gestapo y lo cambia por un clásico montgomery. Se mira al espejo y se siente mejor, le da nostalgia esa prenda británica, recuerda nítidamente cuando era veinteañero y militaba en el partido socialista (en el verdadero partido socialista), cuando era profesor de la sede de la Universidad Técnica del Estado. Una foto de Sartre acude a su memoria, ataviado con montgomery de color negro con el que se vestirían tantos universitarios de su época. Mira a Elizabeth con cariño paternal y le comenta que hay chaquetas de gamuza, combinadas con mezclilla que de seguro le quedarían muy bien. La invita a probarse algunas prendas de esas. Elizabeth no duda en hacerlo. A Chucho Velásquez, en cambio, con cierta severidad que no deja de ser afectiva, le ordena que se pruebe algunas chaquetas de tweed. Elizabeth se distrae con unos vestidos de gala a dos mil pesos, que son los mismos que compraría la mamá del poeta Diego Maqueira, Julita Astaburuaga, que según su propio relato se viste en la ropa usada. Finalmente los tres saldrían caracterizados de la galería como una medida de seguridad: Prudencio con una gabardina verde musgo, Chucho Velásquez con un ambo listado gris y Elizabeth Portentosa con un abrigo de cuero, color granate, con cuello de coipo.” La inteligencia cultural de la zona ataviándose a escondidas con ropa usada, trasvistiéndose con prendas de otro tiempo. Con pilchas viejas, en desuso, abandonadas en una bodega de mierda, de una galería de mierda, de un puerto de mierda, de un paisito de mierda. Porque fuera de toda chunga, esta peli, que parece una comedia zanduguera, es más corrosiva y malintencionada de lo que aparentemente quiere admitir. Una intriga risible que da cuenta de la realidad charcha de la cultura en un país al peo, que se cree jaguar, cuando no es más que un lobito marino con la pata mala o un zorro chilla con olor a orín, como los animales indómitos del Centro de Recuperación de Animales Exóticos.

Imposible no mencionarlo, La Hediondez llega a mis manos cuando estoy en medio de  una gira teatral (además de escritora me las doy de actriz) por la Cuarta, Quinta, Sexta y Séptima región de nuestro agrandado país. Durante dos meses hemos partido todos los días jueves, en una cargada camioneta con escenografías, pelucas y vestuarios, a montar una obra de teatro a distintas localidades, pueblos, villas y ciudades de la provincia, en un afán tan carnavalesco, noble y pelotudo, como el de los heroicos poetas que protagonizan La Hediondez organizando su proyecto de biblioteca autónoma. Así, cada fin de semana nos ha tocado lidiar con funcionarios municipales, con encargados culturales que se disputan su pequeña cuota de poder, con alcaldes que llegan al final o al comienzo de la función, solo a sacarse la foto con la única actriz rostro que andamos trayendo que por supuesto no soy yo, con grupos de amigos del teatro regional, con profesores que organizan coros, con grupos folklóricos, con talleres de esto y lo otro, con centro de madres, con salas de teatro frías, inhóspitas, sucias, lúgubres, y en este contexto La Hediondez llega a coronar como la guinda de la torta un viaje sabroso, inquietante y también triste, en el que la precariedad aparece como una especie de onda expansiva que parte en la capital y se extiende y se solaza en la provincia. 

En esta fantasía huevona y neoliberal en la que nos hacen participar a todos, la voz del guionista de esta película, sigamos jugando a que es una película, parece querer recordarnos que la cosa no funciona tan bien como parece, que la precariedad es una constante, una especie de destinación necesaria para mantener el orden, y que bajo esa condena nos tienen atrapados, entrampados, encerrados, como los animalitos del Centro de Recuperación de Animales Exóticos. Mientras cien mil personas se abalanzan a la calle exigiendo una educación digna, recuerdo un liceo de Quilpué en el que hicimos una extraña función de la obra hace un par de semanas. Las salas de clases, como tantas otras de nuestro país, tenían los vidrios rotos, las puertas rotas, las paredes quemadas y rayadas y sucias, los baños no tenían puertas, no sé si tendrían agua, no quise investigar, y en el escenario en el que actuamos el frío se hacía notar con el vapor que salía de nuestras bocas cada vez que dijimos un parlamento y con las gotas de agua que caían desde las goteras del techo agujereado. Así es la realidad de la educación. Así es la realidad del teatro, de la literatura, de la poesía, de la cultura, aquí y en la quebrada del ají. Lo que el guionista de esta película, me gusta insistir con eso, nos escupe en la cara es un reclamo, un cuestionamiento al perfil oficial de país moderno y evolucionado que nos venden los que no se dedican a ser sucedáneos, los que su negocio no es lo innecesario, lo invisible. La Hediondez no es una exageración farsesca de nada, es una constatación, un ejercicio de observación pura y dura. Debo señalar que la única vez que visité al autor en su ciudad, estuve en un proyecto bibliotecario autónomo emplazado en una sede sindical en Barrancas y presencié una extraña conversación, digna de un parlamento de La Hediondez, en la que el autor y otro de los encargados de la biblioteca temían por la seguridad del lugar, amenazado de ser incendiado en plena noche por algún bando adversario, que al parecer había muchos. También recuerdo haber sido presentada a un surfista, y creo que poeta, que almorzaba con su familia en una mesa de un local de Llo lleo donde comimos un caldillo. A lo que voy es que la ficción y la realidad son la misma cosa en la pluma de este autor que se escribe a sí mismo, que se atrinchera en la costa provincial, padeciendo y riéndose de nuestra pequeñez, de nuestras ínfulas de grandeza, disparando a diestra y siniestra como en una buena película de guerra, escupiendo verdades dolorosas y risibles que nos incomodan, que nos desenmascaran, dejándonos en pelota, con toda nuestra triste humanidad a la luz, expuesta como en un escenario sucio, frío y lleno de goteras, como en una jaula del freakshow donde desfilan las especies exóticas.



Nona Fernández S.
Santiago de Chile, 06 de Julio de 2011
Bar The Clinic

Presentación de Pablo Oyarzún a La Hediondez

H u m o r   f á c t i c o

Presentación de Marcelo Mellado, La Hediondez. Prólogo de Álvaro Bisama (y bonus track de Rodrigo Pinto). Santiago: Alquimia Ediciones, 2011. La presentación se realizó el miércoles 6 de julio de 2011 en el Bar The Clinic.
Marcelo Mellado y el filósofo y académico Pablo Oyarzún 

Probablemente soy la persona menos indicada para presentar este libro. Razón por la cual agradezco la abismante generosidad de Marcelo al pedírmelo. Digo que soy el menos indicado, porque (confieso) apenas he leído su obra, como casi diría que apenas he leído cualquier obra que no sean unos tomos de edades pretéritas, que atesoro entrañablemente y releo con fruición cuando se me da el tiempo, que es casi nunca. No obstante, creo poder decir que he permanecido siempre atento a las señas que de él o a propósito de él recibo. Me pasa a veces que creo conocer a alguien (me refiero a su escritura, su pensamiento, su obra) por tales señas, aunque nunca hubiese tenido acceso a las cosas concretas que haya hecho. No sé, será algo como de atmósfera, de resonancia o reverberación, que me proporciona este presunto conocimiento. Y cuando me encuentro con esas cosas concretas, ocurre que de un modo u otro no están tan lejos de lo que imaginaba o entreveía. Eso mismo me ha pasado leyendo La Hediondez. (Suena curioso esto, ¿no? Leer la hediondez.) Me ha pasado con un efecto de ampliación, que es típico de cuando la curiosidad o la soterrada atención que he mantenido por una escritura, un pensamiento o una obra con la que no he entrado en contacto efectivo, se ve plenamente retribuida por la cosa en cuerpo presente. Me he divertido interminablemente leyendo La Hediondez, y me gustaría decir por qué.

Pero antes, algo más sobre la frase con que empecé. Decía que soy quizá la persona menos indicada para esta presentación, pero no solo por mi ignorancia constatable, sino también por otra razón. Vengo, entre marchas y murgas, de terminar un seminario sobre el humor en que pasé revista a teorías y casos. En la última sesión, la de cierre, que siempre es un problema, porque se supone que habría que decir algunas cosas concluyentes, y el camino recorrido nunca da para eso, en esa sesión final, gracias a la invaluable ayuda de un amigo que me acompañó buena parte del trayecto, hablé del humor y de las relaciones superficiales. Desde allí sostuve que el humorista es un filósofo al revés.

Me explico. Si uno le hace caso a los empiristas, que son unos tipos sensatos, convendrá en que las relaciones superficiales son, la verdad, lo único a lo que tenemos acceso. Somos criaturas de experiencia, y esta no nos muestra más que hechos y estados de cosas. Las relaciones las ponemos nosotros, por observar que determinados hechos y estados de cosas se presentan de manera frecuente y son, por eso, semejantes. Pero no tenemos idea, o más bien dicho, nos hacemos ideas sin contar con pruebas y evidencias categóricas, acerca de lo que pueda estar a la base de esas relaciones y semejanzas que les atribuimos a las cosas por simple hábito. De donde se sigue que las dichas relaciones son superficiales, como también lo es la semejanza que ellas acusan. Y, si vamos a ser sinceros, además de superficiales son eminentemente fortuitas, por regulares que puedan parecernos.

A esto agregué que los filósofos son una especie peculiar de personas que no se contentan con la corteza, sino que buscan el carozo. Porfían, entonces, en hacerse las ideas aquellas. Donde la mera honestidad del testigo nos obligaría a confesar que no sabemos realmente por qué pasa lo que pasa, ellos ven un fundamento, una causa, un principio. Donde la misma honestidad nos reclama conceder que las relaciones que barruntamos en la superficie de las cosas son fortuitas y transitorias, ellos proclaman regularidad y permanencia. Hacen de la semejanza identidad.

Tengo una buena y una mala noticia. La mala es que todos somos un poco filósofos. Acaso la necesidad de orientarnos en el mundo, de no andar totalmente perdidos, nos lleva indefectiblemente a serlo, y a hacernos ideas de lo que en el fondo no sabemos (o sea, no sabemos el fondo). Todos estamos ideologizados, como se diría hoy por hoy. La buena noticia es que hay humoristas. Estos nos traen de vuelta a la superficie. En vez de andar abrochando hechos con causas y razones, hacen crónica de casualidades, en vez de esclerotizar las semejanzas, enseñan que no pasan de ser roces o flujos y que solo son posibles por las diferencias a que se deben. Donde los otros andan viendo e instituyen uniformidad y coherencia, estos ven y promueven dispersión carnavalesca.

Creo que Marcelo es de este lote. Y como todos sus integrantes, remueve los fondos estancos, trae frescura a los recintos encerrados. Es cierto: la frescura que trae viene cargada de aromas mixtos, y se tiene que pagar el precio de la ofensiva pestilencia si se quiere gozar la ráfaga saludable. Es natural, si se piensa que la brisa sopla desde el puerto.

Se podría creer que Mellado sienta sus reales en San Antonio para inscribir un nuevo hito del litoral central en la geografía literaria chilensis. El hito estaba disponible. Con Isla Negra, El Tabo, Las Cruces y Cartagena ocupados, no siendo San Sebastián un lugar particularmente apto, y Santo Domingo de un cuiquerío detestable (me abstengo de hablar de El Quisco y Algarrobo), San Antonio, la ciudad portuaria, mefítica y muy poco agraciada, permanecía huérfana. Pero la verdad es que Mellado es muy astuto. No agrega el hito linealmente. Como todos los demás fueron apropiados por poetas (tres mayores y uno menor, tres oficiales y un suboficial, o un sub-suboficial, si se prefiere), Mellado los reinscribe narrativamente en la fábula de una contienda político-cultural (o cúlturo-política) entre poetas rasos y poetastros y hasta un poetiso de pérfidas intenciones.

Se suceden los episodios. Cada capitulito los va reportando. Uno que es muy determinante para la trama, titulado “La Performance”, refiere el acto declarativo, propositivo y exhibitivo mediante el cual, en solemne sesi{on del Concejo Municipal, el arrinconado gremio de poetas en alianza obrera formula, por boca del viejo líder Prudencio Aguilar y del aun más viejo Archibaldo Zúñiga, su voluntad de recuperar la dignidad bibliotecaria de la comuna. Digo, por boca de Aguilar y también gráficamente en amplias hojas engomadas a los traseros de los agremiados allí presentes, traseros que son expuestos al unísono en una concertada acción de “cara pálida”. En inglés le dicen mooning. Hace mucho tiempo, a la pregunta de una inocente alumna de por qué se le llamaba así a esa performance, le escuché responder muy dignamente a la directora del colegio donde hacía clases en aquellos años: “That’s because they show the two moons at their backs”. Más que de la explicación, me quedé prendado de la sintaxis. El evento en cuestión es determinante, porque es la oportunidad para que todos, personajes que merodean en la narrativa y lectores que se asoman a ella, nos enteremos del monumento de culo que posee la muy bien apellidada Elizabeth Portentosa, monumento natural que más tarde es inmortalizado escultóricamente. Y no falta en el episodio el aporte a la fetidez por causa de una presunta ventosidad que a alguien se le habría escapado en medio de la operación.

Así más o menos ocurre con todos los capitulitos: pasan, con molto vivace, como una rapsodia de imágenes y palabreríos, un desfile variopinto donde una cosa lleva a la otra por albures que son más férreos que la causalidad.

Todo lo que pasa en esta narración y todos los personajes que la pueblan obedecen al régimen de la dispersión. En sus azarosos encuentros, en sus minúsculos propósitos, son “la metonimia (o quizá la sinécdoque, que suelen confundirse)” de ese otro régimen, no muy distinto del anterior, pero erizado de ambiciones, imposiciones y prepotencia, que es como están las cosas. En su prólogo, Álvaro Bisama tiene una hermosa frase a este propósito: dice que la guerrilla literaria que enfrenta al gremio de los poetas “genuinos” con los “impostores” convierte “a la chimuchina diaria de la vida poética […] en un bonsái de los poderes fácticos del presente chileno”.

La hediondez es algo más que el título de esta novela. Atribuida en un comienzo a un precario zoológico en ciernes, dedicado a recuperar fauna averiada (el título de “animales exóticos” la enaltece), y en especial a los meados de los zorros chilla, va difundiéndose inexorablemente. La misma biblioteca pública que hace de vértice (o vórtice) de la historia se hunde en su propia putrescencia; las faenadoras de harina de pescado y las expansiones inmoderadas del puerto contribuyen abundantemente con lo suyo, hasta que el hedor pareciera invadirlo todo, y emanar de buena parte de las intenciones y acciones que aquí se refieren.

A mí me suena (o me huele) la hediondez como una palabra disparada a manera de diagnóstico, de interpelación y de insulto, de impávida constatación, al fin, de cómo están las cosas. Es el clima mismo de la facticidad.

Facticidad, digo, como forma del poder: esa que evocaba del prólogo de Bisama, “poderes fácticos”, es una expresión reiterativa en el libro. Su consumado trasunto y la suma de su concentración es La Caleta, una especie de órgano oficioso de aire kafkiano que alberga a una caterva de oscuros mandatarios y a sus esbirros, y al que está allegado el poetiso antes mencionado y su mafia poético-delictiva. En su seno se congregan de la manera más transversal (como se dice ahora) grupos y sujetos deleznables que van desde sapos y soplones de la dictadura que siguen enquistados en el aparato público, rádicos masones que ejercen regularmente la malversación y el desfalco, ex-concertacionistas buscando hacerse la vida desde la costumbre inextirpable del manejo, el arreglín y la influencia, narcos y mercenarios, que en su total suman una fauna harto más hedionda que la del precario zoológico.

El punto es que hoy los poderes fácticos han llegado a tomarse el poder entero, cooptando todo eso que se llama autoridad y legitimidad, y sin lo cual difícilmente se puede pensar en hacer alguna cosa en conjunto. ¿No vemos hoy mismo con la evidencia de un sol incandescente cómo los poderes instituidos son denunciados en la calle por su incompetencia y su inoperancia, cómo se les va despojando una a una de sus ínfulas y van quedando en su cruda desnudez? Y además, también en este caso con ánimo de carnaval, como de quien dice: “ya puh, corten el hueveo”, “que alguna vez empiece la fiesta”.

Decía que los humoristas son filósofos al revés (y viceversa, por supuesto). Muy distintos unos de los otros, pero emparentados por la inversión. Tienen ―ambas tribus― un solo punto de contacto: ni unos ni otros aceptan lo dado como meramente dado. Abocados a lo fáctico, son sus enemigos jurados.

Pero quizá no es exactamente así. Porque se podría contar también una fábula sobre filósofos genuinos e impostores. Estos últimos, los impostores, que hoy pasan por genuinos, son dados a lo dado, y se ocupan en registrarlo, concebirlo, interpretarlo; los otros, los genuinos, que hoy no pasan de ser unos diletantes, son reacios a concederlo, y un poco como los humoristas (o los poetas) atienden no a lo dado, sino a lo que se va dando, no a lo dado, sino a lo dando: el hormigueo en la superficie de las relaciones.

Por eso me parece tan brillante la asociación de poesía y surf que es el medio de relación entre la Portentosa y Chucho Velásquez. Yo, que fui inducido por una inolvidable y pésima película de Maldita Sea, en Rock & Pop TeVé, a vincular surf y nazismo de manera casi inmanente, gracias a esta novelita he tenido una revelación. Como la poesía, acaso, el humorismo es el arte de surfear por la superficie de lo que se va dando, hace emerger por preciados instantes todo lo que sedimenta y se aconcha, y todo queda al fin como un luminoso y fugaz borboteo y un rastro de espuma en la orilla.

Si no me equivoco mucho, es más o menos cómo ocurre aquí.

Al final del relato, lo que fue el hallazgo de un tesoro precioso, unos manuscritos amarillentos que se nos induce a creer serían del Abate Molina o del visionario Lacunza, sin que por supuesto se nos regale ninguna prueba de autenticidad, por lo cual lo más probable es que no valieran mucho más que los hongos que los adornaban, hallazgo que debía habernos dado una clave de todo el embrollo a que hemos sido invitados y sometidos, se borronea en medio del combate con jureles y reinetas, entre marchas y murgas, que sella épicamente la victoria de los poetas agremiados vindicadores de la libertad y la ignominiosa derrota de los secuaces del poetiso. Queda desplazado el hallazgo por la consagración de la Biblioteca Mínima Familiar de Prudencio y por sendos casorios entre los dos poetas surfistas (con la asistencia de un cura con igual afición) y dos secundarios vespertinos harto folladores. Apenas un paréntesis recuerda como de manera oblicua e improbable el descubrimiento patrimonial.

Voy a decir algo que quizá sea político-poéticamente incorrecto: leyendo esta novela me vino mucho recordar a los hermanos Coen. Tiene eso de cartografía del azar, de personajes centrífugos, de intriga por la que se desviven sus protagonistas y que resulta ser inane a fin de cuentas, a la manera de una empanada de viento. (Esta imagen se la escuché a un profesor corpulento, ceñudo y socialista en mi remoto pasado de estudiante: se valía de ella para objetar la filosofía de Heidegger.) Es que de pronto pensé qué buena película se podría hacer de este libro.

Pero, de hacérsela, no se podría perder esa rara belleza del lenguaje de Mellado, que Rodrigo Pinto discierne tan bien en el bonus track del libro: la mezcolanza de los modelos y tropos discursivos, que revuelven, siempre entrecortadamente, la crónica y el informe, el metalenguaje culturalista y el análisis de coyuntura, la interjección y el reportaje, la noticia y la mera narración, y que traman la perfecta combinación de acidez y corrosión satírica con la ternura por las nimiedades.

Una última cosa: ¿dije que era la persona menos indicada, etc., etc.? Lo reafirmo, y creo que esto ha sido una trampa que me ha tendido Marcelo con abismante generosidad. Por la novelita pasa un personaje que deja las páginas impregnadas de tufo penetrante. Bochorno Oyarzún se llama (de modo que “la ‘o’ del apodo se asimila al apellido”), y no parece ser de tendencias criminales como sus asociados de La Caleta. Poeta inviable e impertérrito, salva por sola aparición a Claudia, la folladora, de los embates nauseabundos del famoso poetiso. 

Se lo agradezco.


Pablo Oyarzún R.
6 de julio de 2011

15 de julio de 2011

El modelo territorial, en The Clinic


Parte de la entrevista realizada por Vicente Undurraga, en The Clinic ayer, jueves 14 de julio 2011, a nuestro compañero. Educación, publicación de La Hediondez y otras yerbas. 

Rincones fétidos de Chile

10 de julio de 2011

CRÁNEO. Luis Retamales.



los gusanos no son reales                
pagar por culiar no es real
que me masturbe no es real                
hacerlo es un simulacro
no lo hago
la metáfora no es posible                    
me queda la vergüenza
el cráneo abierto                                              
como una lengua
aunque no sea real
como esta imagen                
que se pierde
mañana quedo sin trabajo                
el cráneo abierto sin voz
los gusanos no son reales               
acabar con todo no es real  
una larva es un                                                              
simulacro
como culiarse su propio reflejo
cuando el paisaje es una
tela trasparente
en la voz
…………………………………………………

Le preguntaron         
le hicieron ver               
constataron algo
que no era necesario                               
que quizás más tarde 
no le dio importancia                      
tenía que llegar temprano
no hay nada que decir que no sea esto
caminó despacio                                  
vio su reflejo en el vidrio
su reflejo en el vidrio es el vidrio      
vio el cráneo agusanado
el tema no era eso    
piensa que el tema era otro  
piensa que el conflicto es otro                  
que el tema es otro
que no hay nada que hablar                                     
en realidad   
que hablar es un paisaje                                 
un línea continua
que debería hablar                                
pero el tema no es ese
el conflicto no es ese                            
por qué     no hablamos
el problema no es ese                        
por qué no me escuchas
el asunto no es ese                                   
por qué no me miras
el gusano está caminando

……………………………………………..

Veo desde aquí                          que siguen allá afuera
Veo desde aquí                          que siguen gritando
Veo desde aquí                          que no tienen remedio
Veo desde aquí                          que es imposible
Veo desde aquí                          que no piensan
Veo desde aquí                          que no sientan cabeza
Veo desde aquí                          que de qué sirve
Veo desde aquí                          que no saben por qué gritan
Veo desde aquí                          que por fin alguien hace algo
Veo desde aquí                          que salen gritando y corriendo
Veo desde aquí                          que por fin hay justicia
Veo desde aquí                          que se hacen las víctimas
Veo desde aquí                          que por algo votamos
Veo desde aquí                          que solo exageran
Veo desde aquí                          que no fue para tanto
Veo desde aquí                          que no era sangre
Veo desde aquí                          que no hay oportunidad
Veo desde aquí                         que pierden el tiempo
Veo desde aquí                         que no saben que esto no es
Veo desde aquí                         que esto nunca fue
Veo desde aquí                         que antes todo era mejor
Veo desde aquí                         que no sabemos
Veo desde aquí                         que es una lástima
Veo desde aquí                         que golpearon a alguien
Veo desde aquí                         que quizás se lo merecía
Veo desde aquí                         que le sacaron la ropa
Veo desde aquí                         que no me acuerdo
Veo desde aquí                         que el paisaje de mis ojos
Veo desde aquí                         que mis ojos lloran
Veo desde aquí                         que  me comí todo
Veo desde aquí                         que desde aquí soy otro
Veo desde aquí                         que soy nada

……………………………………………..



La continuidad de las calles
es un simulacro que llega hasta mi pie
y mi pie se pierde en la punta de la línea
que define un movimiento

una idea es un acto de la voz
como meterse los dedos en el
culo es una ilusión de mi cara

claro que sí 
por supuesto que sí
desde luego que sí

un gusano come la imagen de mi pie mientras hablo



9 de julio de 2011

Lanzamiento La Hediondez de MMellado

Registro del lanzamiento de la nueva novela de Marcelo Mellado, en Bar The Clinic, 6 de julio 2011.
Presentó Nona Fernández y Pablo Oyarzún.
Cerró la banda local CACTUS.


Editorial ALQUIMIA

Nona Fernández, Marcelo Mellado, Pablo Oyarzún y Guido Arroyo (Editorial ALQUIMIA)












Banda CACTUS, de San Antonio.

Los nuevos caminos del libro en Chile: Microedición al frente.


Mientras las editoriales poderosas se alejan cada vez más de los nuevos autores para asegurar niveles de venta, las microeditoriales hacen el trabajo de dar tiraje a las nuevas voces de la literatura nacional. Pero, ¿es posible generalizar el trabajo de las microeditoriales? El siguiente reportaje trata de dividir el campo a partir de ciertas experiencias.

El auge microeditorial actual tiene su origen en la falta de industria editorial dispuesta a apostar por libros de relativa proyección comercial, en contraste con una abundante producción escritural incentivada en talleres de centros culturales y especialmente por la Beca de Creación Literaria del Fondo del Libro, que entrega tiempo y dinero para la redacción de una obra, que, en definitiva, no va a ningún lado, ya que, excepto los consagrados que repiten el beneficio, los autores deben buscar y rebuscar quien los edite.
El objetivo es ese libro formal, obsesión de escritores amateurs y profesionales con lomo y del mejor material posible, dejando el sistémico formato del blog atrás. Pero habitualmente las expectativas tienden a no cumplirse. En el camino quedaron las papeletas de rechazo de las multinacionales y la falta de respuesta de las editoriales nacionales independientes de respeto.

LA CONDICIÓN OBJETIVA
La mayor o menor profesionalización de estas microeditoriales puede estar ligada al tiempo que le dedican estos gestores/editores a su labor. Pero parece haber una relación inversa en calidad literaria a tiempo dedicado. Mientras un editor que lleva a cabo todo el proceso ad honorem le significa desgate mental y hasta económico, el editor independiente que ha de vivir de su labor está supeditado al bolsillo de sus autores. Así, el trabajo que no busca lucro es casi un punto de vista llevado a cabo de manera tangible, mientras que el que paga por especificidad de conocimientos paga por servicios, algo que no le ha de ser negado.
El tiraje básico llega a los cien ejemplares, y la respuesta de los medios está habitualmente determinada por los contactos. No llegan a los malls sino a una limitada cantidad de librerías.

NUEVOS FORMATOS
Gracias al trabajo microeditorial el libro formal dejó de ser una opción única. En esta línea podemos observar las publicaciones de ediciones Cuadro de Tiza, Perro de Puerto, Nihil Obstat, Economías de Guerra y Contraluz entre otras, que son fabricadas en casa, así como las hechas con cartón deAnimita y Canita Cartonera (realizadas en presidio), variantes nacionales de Eloísa Cartonera, el justificado origen argentino.
Estas hechuras de libros tienen un carácter político, ya que desechan el formato del libro transnacional, algo después de un rato lógico: ¿por qué un libro hecho en una región de Chile debe tener la misma factura que uno hecho es España? ¿por qué una publicación que viene a cerrar un proceso de un autor debe mantener los estándares superficiales de calidad de un best seller?
Pero superando lo formal, las microeditoriales están haciendo las tareas más allá de la publicación de las nuevas voces: traducen tanto literatura (Abejas de Silvia Plath, Cuadro de Tiza), como pensamiento (Millenium de Hakim Bey, Nihil Obstat), investigaciones tradicionales (Manual de Ginecología Natural dePabla PérezLa Picadora de Papel) y rescatan a voces chilenas establecidas (Medianía de Marcelo MelladoEconomías de Guerra) o perdidas (Prosa rescatada de Carlos Pezoa Véliz, Ediciones Perro de Puerto). Además, están abiertas a los cómics y a libros de arte. Lo más importante es que entregan la posibilidad de generar cánones distintos a los establecidos tanto en el ámbito académico como en el comercial.

OPORTUNIDADES Y TRAMPAS
Ya lleva dos versiones un concurso del Fondo del Libro de apoyo a las microeditoriales. En sus importantes beneficios está la posibilidad de equipamiento y capacitación. En sus exigencias, estar acreditado como editorial frente al Servicio de Impuestos Internos, lo que sistematiza una producción no legalizada. Esto sin duda divide a las microeditoriales entre las que se visualizan como una empresa y las que tienen una posición que va más allá de lo económico.
Para entender que no existe una manera de concebir la microedición, aquel requisito fue solicitado por los representantes de La Furia del Libro, que es sin duda una iniciativa notable pues cualquier proyecto puede participar -sin restricción tributaria-; son realizadas en espacios culturales contingentes y en cada versión va logrando generar un público específico para la edición independiente.
Quizá el limitante básico es la sospecha, algo demasiado arraigado en el país. De cómo entregar fondos a proyectos de relativa duración, siendo que lo importante son los libros, no quiénes los producen. Un caso que podría representar las limitaciones de tal exigencia es el colectivo La Faunita, que llaman a sus publicaciones libros decimales “pues la nuestra es una escritura que se resiste a la Unidad del Libro. A diferencia de la escritura envasada en un Libro, la nuestra demanda circular de mano en mano, escurrirse antes que distribuirse”, como apunta Felipe Becerra. Cabe decir que La Faunita no hace distribución formal y sus libros se consiguen a través de trueque. Si este fuese un grupo automarginado por los premios y la crítica -Becerra y Maorí Pérez han obtenido el premio Bolaño y positivos comentarios de sus publicaciones- no habría forma de fundamentar lo siguiente: ¿es en realidad necesario presentar un proyecto empresarial para editar libros y conseguir el apoyo del Estado?
Girando sobre este eje también sería posible preguntarse si lo necesitan proyectos de este tipo. Pero al fin este tipo de exclusiones dividen el acto microeditorial hasta el punto de generar veredas entre quienes están dispuestos a tributar, pagar el ISBN -que en Chile tiene un monopolio pese a que en otros países se puede autogenerar a través de la web- y los que no, que mientras el ánimo dure funcionan como células inquietantes de una certeza: no es concebible depender de una fundación ni de un fondo para hacer libros ni menos para escribirlos.

Por Cristóbal Gaete

Grado Cero, primera quincena marzo 2011