8 de abril de 2010

Ciudad, calidad de vida y criminalidad

Los 10 silos instalados en Barrancas, a unas cuadras de colegios, municipalidad, calles de residentes, comercio local.

Un amigo mío se va de San Antonio porque la ciudad no ofrece las garantías mínimas de calidad de vida y de seguridad, además, siente que las autoridades son responsables de ese deterioro, maximizado por la catástrofe. Él vive en Barrancas, cerca de los silos (estos ya estarían funcionando, porque al parecer, dadas las condiciones post sismo habría una disposición de mayor permisividad para posibilitar actividades productivas). También me dijo que al venirse las pesqueras de Talcahuano las cosas se ven peor a nivel ambiental, lo que redundaría en un deterioro exponencial de la calidad de nuestra existencia local, a pesar de los supuestos beneficios. En resumen, haciendo un mínimo cálculo, que combina estadística y subjetividad, nos empobrecemos, y una vez más sólo ganan los especuladores que se benefician de la situación desmedrada que enfrentamos. En las actuales condiciones las autoridades serían capaces de aceptar una central nuclear en el paseo Bellamar. Y gracias a nuestras autoridades irresponsables, ya sean locales -salientes o entrantes-, regionales o nacionales, la calidad de vida seguirá descendiendo, a medida que se impongan las políticas de reconstrucción. Éstas siguen un modelo que combina neoliberalismo bruto con asistencialismo mafioso.

La teoría es simple, como un porcentaje importante de la población vive situaciones de extrema vulnerabilidad es posible manipularla. El terremoto dejó al descubierto falencias, de carácter criminal, en varias instancias de nuestra vida pública, desde el ámbito de la construcción, hasta los temas de seguridad. Antes del sismo lo pasábamos mal y ahora un poco peor. El terremoto es para algunos una oportunidad de negocios, para nosotros es la posibilidad de hacer un frente común para plantear otras estrategias de desarrollo. Los malditos, junto a las autoridades (igualmente malditas), intentan rentar de la tragedia, hace rato que en Chile sólo pueden acceder a cargos públicos y de representación popular, gente que ha demostrado pertenecer a grupos de interés, fácticos, con tendencia a la criminalidad.

No sé cuántas personas más han tomado la misma decisión de mi amigo, pero he escuchado a algunos cercanos que la tienen como posibilidad. Uno, amparado en el sentido común, les dirá que en otras partes debe ser todo muy parecido. Es obvio que nuestra gente está angustiada o en depresión. No podemos enjuiciar a nadie por querer irse de esta ciudad o de este país, en estas circunstancias, en apariencia hay muchos lugares mejores que este, y no es por hacer comparaciones odiosas. Yo, en lo personal, quiero los paisajes y a la gente de mi patria, a pesar del desprecio sistémico que debo (debemos) padecer de parte de una institucionalidad que te quiere destruir, porque esa es su función, impedir la existencia de sujetos y comunidades autónomas o con agenda propia. Hay unos cuantos que permaneceremos aquí, en la lucha contra estos poderes abyectos y favoreciendo la democracia popular y la justicia distributiva. En lo estrictamente personal deseo convertirme en enemigo mortal de los criminales (por lo general de cuello y corbata y dedicados a la política) que han hecho de este país un lugar invivible. Algunos de los que estamos en esta resistencia inauguraremos, en las próximas semanas, una obra cultural y social que surge de una alianza estratégica entre la Central Única de Trabajadores y la Sociedad de Escritores de Chile, que es un acto de afirmatividad que tiende a hacer propuestas que van en otra dirección, concretamente a crear el país B o el otro país (la otra ciudad). Contamos con su apoyo.


Marcelo Mellado
En El Líder de San Antonio

Imágenes de dolor

Terremoto de Valdivia, 1960.

Viviendo en Chiloé, un amigo me mostró una revista Life de 1960 en la que salía la fotografía de toda su familia, él incluido, posando frente a su casa en Castro, destruida por el terremoto. Se trataba de un reportaje sobrecogedor. Era la época en que Chile apenas existía y esa foto equivalía a esa extrañeza radical que producen las imágenes de lo distante. Hago un recuento de las catástrofes naturales en mi memoria y son sólo terremotos y una que otra inundación, desde el 60 hasta el 85. Todo muy nítido. Las imágenes de las llamadas catástrofes naturales me gustan menos que las producidas por la violencia de la guerra o del terrorismo. Debo reconocer que todavía miro con morbo la colección de la revista Life sobre el tema, desde la guerra chino japonesa hasta la de los siete días. Ernest Junger decía que no había guerra sin fotografías. Hoy podríamos decir "no hay catástrofe sin video aficionado". La sorpresa se reduce y el accidente se domestica, el Apocalipsis es una cámara indiscreta. Estamos ante una especie de grado cero de la piedad. El amateurismo audiovisual genera una memoria pálida, sin espesor. Quizás eso sea lo verdaderamente doloroso, el almacenaje informativo del horror que sólo produce olvido.

Este registro neutro del accidente, soportado por imágenes fotográficas o audiovisuales, sólo contempla víctimas, no victimarios, no tienen el fascinante ingrediente criminal, con los culpables y todas las energías que ello provoca, son los llamados desastres naturales. Según Rene Thom la catástrofe es la discontinuidad en las condiciones del entorno, lo que determinaría los procesos evolutivos. Quizás la literatura y el arte sean el modo supremo de la catástrofe en cuanto práctica de la discontinuidad. O, al menos, un refugio catastrófico ante el dolor.


Por Marcelo Mellado
Artes y Letras, El Mercurio. Domingo 16 enero de 2005.

Publicado en Letras.s5

Territorio y políticas del texto



Locaciones

En el mes de noviembre del 2009 estuve en un encuentro de escritores latinoamericanos en Valdivia y, en ese contexto, tuve la oportunidad de reunirme con varios colegas para conversar de muchísimos temas que nos competen. Además de compartir con la comunidad, con estudiantes, con otros escritores y con académicos, tuve la oportunidad de estar con amigos que no veía hace rato. Y en una de esas reuniones informales que tuvimos en un bar, de esas que son fundamentales en ese tipo de encuentros, surgió la necesidad, nada más y nada menos, que la necesidad de una reescritura del Chile otro, una especie de reelaboración local de los acontecimientos recientes de la historia política; en otras palabras, delimitar de otra manera los hechos que nos constituirían (o de los relatos que es posible construir de los hechos, más específicamente). El bar creo que se llamaba La Bomba y estábamos reunidos José Ángel Cuevas, de Puente Alto; Bruno Serrano de Valdivia; Óscar Barrientos de Punta Arenas y yo de San Antonio. Nuestra plática se edificaba a partir de la impronta territorial o de cómo hacer el otro relato. Surgía la necesidad de corregir la historia, pero no para contar una verdad supuesta, sino por respeto de la voluntad de ficción que surge de la soberanía del punto de vista.

Una de esas vertientes de relato surge de las prácticas territoriales de escritura, que es, según verificábamos, el ajuste de cuentas con los sistemas editoriales de producción “literaria” y la crítica de algunos negocios académico-culturales que produce la institucionalidad política, y también, el repaso crítico de la historia política reciente.

Vale la pena plantear qué es una escritura o un escritor territorial, para no confundir la noción con el larismo u otras expresiones ligadas a la provincia o áreas geográficas, que nos remiten a un criollismo muy lejano a nuestras pretensiones, o incluso a un chovinismo regionalista, representado por el “maulinismo”, por ejemplo, que es un giro facistoide, producto de la voluntad de afirmatividad y de supremacía territorial.

El escritor territorial es el que enfrenta esta distorsión entre el mundo editorial o su impostura y la producción de escrituras que surge del trazado territorial. El centralismo administrativo, tributario de la voluntad neoliberal, caracterizado por la consagración monumental del libro en registro editorial, ha controlado-dominado el circuito de circulación del texto. Las escrituras territoriales quiebran con ese fetichismo y abogan por una obra o trabajo que dé cuenta del modo de producción local, entendida ésta como aquel sistema productivo autónomo e interconectado, y que opta por los proyectos colectivos y la ficcionalización del proyecto revolucionario clásico, los que se transforman en nuestros mitos o folclor zonal.

Exponentes.

Empapados de este registro auroral comenzamos a trabajar en esa reescritura de la historia o del texto histórico, por intentar ser más exactos, que no es otra cosa que la búsqueda de un verosímil ficcional, a la manera de una gramática generativa transformacional en la producción de la gramaticalidad o agramaticalidad de los enunciados, ordenando oraciones a partir de un contenido latente y otro manifiesto –análogo al sueño freudiano–. En el fondo, las transformaciones serían (re)escrituras posibles de una matriz ficcional, que se inventó un origen acorde a las necesidades discursivas del periodo; de donde vendría nuestra patrística republicana.

En la novela de Óscar Barrientos El Viento es un país que se fue, se narra, por ejemplo, la posibilidad, paródica, de una épica patagónica. En la Nueva Provincia de Andrés Gallardo también es posible, a partir de zonas que están a medio camino, sin peso administrativo, el surgimiento de una ficción territorial que pone en crisis las grandes políticas que delimitan el territorio. En las prácticas poéticas locales, por otro lado, podemos citar la obra monumental de Yanko González, Alto Volta, en que la propia escritura aparece como un acto territorial, un desplazamiento de citas y marcas que delimitan varios niveles de la subjetividad, que van desde la biografía a secas, hasta los efectos de superficie que produce una frase de la tradición política. Son elementos o ingredientes fundamentales a la hora de producir la (re)escritura. Con el mismo Yanko González, pensábamos hacer un recorrido, en el sentido territorial, siguiendo la propuesta geográfica de De Rokha en su Épica de las comidas y bebidas de Chile.

En el recuento que hacíamos en aquel bar Valdiviano que comenté al comienzo, uno de los tópicos lo constituía la historia política reciente, incluido el periodo revolucionario y de la resistencia, con su proliferación de emergencias del acontecimiento. Yo recordaba los textos que sobre el particular escribiera Germán Marín que relataba el ajusticiamiento de un grupo político, la VOP, cuya raíz estaba en el partido socialista, se trataba del que componían los hermanos Rivera Calderón, que ajusticiaron a Pérez Zujovic en los años setenta. Estos fueron acribillados porque estaban “cagando” el proceso revolucionario que se gestaba. Uno de sus integrantes, por venganza, ingresó tapizado en dinamita y disparando, cubierto por un abrigo, al cuartel de investigaciones de la época, su objetivo era llegar hasta el Coco Paredes, director de investigaciones e importante miembro del partido socialista. Algo análogo habría ocurrido con el aparato de inteligencia que montó la concertación llamado La Oficina, dirigida por Marcelo Shilling, hoy diputado, y que habría dado cuenta de algunos miembros del Lautaro, como el joven Antonioletti (en este punto habría que señalar que había una disputa entre el aparato de Belisario Velasco y el del dirigente socialista, en la que triunfaría el DC). El Lautaro aparecía como una amenaza de la transición democrática. Es decir, el Lautaro sería la VOP de principios de los noventa.

La propuesta

En este caso no se trata de ilustrar o corregir la historia, sino de ejercer un trabajo de (re)escritura con ella para dotarla de la ficción necesaria, de modo de legitimar su circulación y su regencia analítica. Algo análogo ocurría con la historia guerrillera de este país que siempre tuvo como lugar sagrado el sur de Chile, es el caso de Neltume y Nahuelbuta.

Reviso un libro sobre la guerrilla de Neltume y me provoca una tristeza infinita. Me refugio en una mirada que se sostiene desde la ficción, para neutralizar la ingenuidad brutal de una narración sobre un hecho horroroso que siento que necesita otro relato, al menos una mejor construcción del sistema de imágenes. Aunque no podemos pretender una estrategia retórica en esas circunstancias, tampoco imponer la tranquilidad de un cómodo presente de articulador de historias posibles. Por otra parte es innegable la calidad de la experiencia (benjaminiana, por así decir) de aquellos compañeros que emprendieron la épica guerrillera, a pesar de que uno siempre les criticará, afectuosamente, su militarismo romántico o su actitud de boy scouts con conciencia de clase. Quizás el cinismo sea un recurso de reconteo o de (re)escritura de “izquierda” de la historia; un modo, tal vez, de algodonar la caída vertical o el fracaso absoluto y humillante del que fuimos víctimas y seguimos siendo, lisa y llanamente. La historia del FPMR, organización que fue más efectiva, también nos llena de una sensación…, más que de fracaso, de inutilidad, por lo que ocurrió después y por lo que sigue ocurriendo y por lo que está a punto de ocurrir (el triunfo electoral de la derecha).

Me tranquiliza el hecho de no estar pretendiendo una lectura político analítica de esa historia, sino la búsqueda de una estrategia de relato que posibilite sostenerla. Por otro lado, me lleno de emoción lacrimógena, porque veo en youtube un homenaje al compañero presidente Allende en el que participan la nueva horneada de cantautores chilenos, como Manuel García, la Javiera Parra y mi queridísimo Chinoy, entre otros(as). Ellos cantan el musicalizado discurso de esa hermosa noche de triunfo (el 4 de septiembre del 70). Puta el discurso pa´bonito. Ningún huevón habla ni hablará como el compañero presidente Allende, pienso. “…vuelvan a sus casas y abracen a sus hijos…”

Esta reescritura crítica y/o ficcional de la historia sería una tarea político-textual que resolvería en parte la crisis de “realidad” de la izquierda política, como zona retórica que renunció patológicamente a la producción utópica y/o ucrónica. ¿Nuestros cordones literarios territoriales, serán capaces de dar cuenta de los acontecimientos desde una poética de la restitución o desde una épica del fervor ciudadano?

¡Tenimos que puro intentarlo!

*La portada de la revista corresponde al número 3, ya que el 4to aún no aparece en la red.

En: CONTRAFUERTE LITERARIO, ADELANTO N° 4