24 de noviembre de 2009

Arte Litoral


SÁBADO 28 DE NOVIEMBRE
19;00 Hrs.

PRESENTACIÓN TALLER DE ESCRITURAS
BUCEO TÁCTICO
CASA MUSEO PABLO NERUDA


CERRANDO EL CICLO ARTE LITORAL
MÚSICOS: BARROTE


VENTA DE LIBROS + CONVERSACIÓN + NUEVAS PLAQUETTES
EDITORIAL ECONOMIAS DE GUERRA:

DE LA EXTREMA IRREGULARIDAD
FLORENCIA SMITHS / MARCELO MELLADO

POESÍA & NARRATIVA DE SAN ANTONIO

9 de noviembre de 2009

Nadie va a Madrid

En: La periódica revisión dominical (Blog de literatura y crítica)
Sobre "Ciudadanos de baja intensidad", obra de Marcelo Mellado publicada el 2007.
Por La Calabaza del Diablo.



Lo siguiente puede ser sobre escritores que se mueven o escritores inmóviles. Puede ser sobre literatura o sobre la impostación literaria. Puede, incluso, funcionar como declaración de principios o como apología del localismo. Contra otros, contra uno mismo.


No iré a Madrid, dice Marcelo Mellado, en el cuento que inaugura su libro Ciudadanos de baja intensidad, y la consigna se repite a lo largo del relato, como un gesto que recrea el estado de las cosas. El yo se instala en un espacio, encuentra un contexto, y narra su consigna política. Porque No iré a Madrid, funciona como cuento, pero también como declamación.

Hay unos y otros: hay un aquí y un allá; hay un narrador que se instala en un lugar y desde esa ubicación cuenta. Por sobre todas las cosas, No iré a Madrid es un relato que encuentra un espacio desde donde contarse; un espacio ineludible, que llena de sentido el mensaje, que lo justifica y que lo agrede. Más que reacción, el narrador autoconfiesa sus preferencias. No busca invalidar lo ajeno, sino que, en el discurrir de los hechos, procura autoafirmarse.


“Es tan insoportable ser chileno que he pensado seriamente en renunciar a esta nacionalidad perversa. (…) Vivo, en un país, territorio o paisaje que no faculta para la vida humana, por eso no iré a Madrid.”

El hablante, como he dicho, encuentra su lugar, pero no lo caracteriza con la intención de elevarlo a categoría idílica, sino como una necesidad de afirmarlo tal cual es. Lejos de fantasías y paraísos, el lugar de Mellado es una realidad insoslayable, por lo que sólo queda asumirlo.


A su vez, Mellado deconstruye todo tipo de ensoñación literaria. Me explico: las imágenes creadas, a partir de la misma literatura, de París, Madrid, Barcelona, Roma, Lisboa o Ginebra, no son más que añejas imposturas de un tipo de literatura que las ensalzó como lugares -valga la repetición- literarios. En consecuencia, en No iré a Madrid, el narrador se aleja de la figura del escritor que anhela las tierras donde se ubican sus novelas preferidas, para refugiarse en un país que no es mejor, pero que es su lugar.


“No iré a Madrid, porque los que suelen ir para allá son los buenos escritores y uno que otro futbolista, y creo que algunos políticos invitados y también las putas y algunos delincuentes, y yo no pertenezco a ninguna de esas cofradías. (…) Y volviendo a lo de los escritores, se trata o me refiero a esos que escriben como hay que escribir, no como uno que escribe idioteces sin sustancia ni fundamento.”


No ir a Madrid se convierte, a su vez, en elección, pero también en imposibilidad. Aunque se quiera, no se puede. O sí, pero traicionando ciertos principios que, al menos someramente, el narrador tiene. Porque el yo que cuenta tiene un lugar físico, pero también un lugar social. Es esta ubicación social –podríamos llamarle clase- la que no se transa. En el Prólogo a Los Lanzallamas, Roberto Arlt dice: “Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, vida holgada. Pero, por lo general, la gente que disfruta de tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura. O la encarna como un excelente procedimiento para singularizarse en los salones de la sociedad.” Pues bien, el narrador de Mellado, a mi juicio, hace suyas las palabras del escritor argentino. Un escritor, escribe. Los salones, la comodidad, son para otros. Es, como el mismo Mellado sostiene, “para los escritores que escriben como hay que escribir”.


“No soy artista ni intelectual, ni empresario, ni carterista internacional, luego, no tengo billete pa’l pasaje, y aunque lo tuviera tampoco iría, porque no tengo nada productivo que hacer allá y para pasear o vacacionar me basta con esa cagada de litoral central que queda aquí cerquita y que está llena de poetas hijos de puta. Te insisto, no iré a Madrid ni a Roma tampoco, y menos a Buenos Aires. Ya sé que es más barato, es como obvio, no tengo línea de crédito ni capacidad de ahorro. Por eso no voy. Porque ese huevón que fue y después escribió España en el corazón, se benefició del agregadurismo cultural y allá se hizo cafiche de una mina con plata que, además, le enseñó los modales necesarios para transitar por esos lados. Por eso no voy a ir ni cagando a Madrid, porque no quiero y no puedo, no me lo permiten mis condiciones de vida.”


Hace unas semanas, Marcelo Mellado publicó en un periódico de Chile, The Clinic, un texto titulado No iré a La Habana. El artículo, si bien no tiene los entramados argumentales de No iré a Madrid, responde a la misma lógica. “Yo sé que no soy un escritor con buenos estándares de calidad, pero al lado de cualquier patipelao chileno no quedo tan mal parado”.


Mellado, en el texto antes mencionado, radicaliza su postura y la convierte en algo evidentemente político. La queja existe, pero es una queja contra todo un sistema que asume lo artístico como algo decorativo. Ir a La Habana, al menos en el papel, podría ser, en otro tiempo, signo inequívoco de una postura política. Hoy, ya no. Ahora, y allí es donde Mellado se centra, el aquí y allá no está necesariamente marcado por América y Europa, sino por la capital y la provincia.


Pero a la hora de la cochina práctica poético cultural ni un culiao me la gana, soy más revolucionario que cualquiera de los lameortos que van. No hay ningún escritor cara de chileno que sea más consecuente que yo a la hora de hacerle la lucha contra el fascismo y la perra concertación; lo que pasa es que yo no vivo en Santiago y los huevones de allá discriminan como locos, porque son tan centralistas como la derecha (son de derecha los culiaos). (…) No iré a la Habana porque Chile es el país invitado y yo soy, a mucha honra, antichileno; al menos de ese Chile lamecaca y liberal que van a promover los que van.


Lo planteado por Mellado, tanto en el cuento como en el artículo, invita a una reflexión sobre el territorio como lugar social. ¿Qué es lo que somos? ¿Por qué somos de acá? ¿Qué historia nos contamos? Contra la impostura y la literatura snob, contra el falso e ilusorio realismo. El cuento apela al falso turismo cultural, que es una aspiración de estatus, antes que una misión concreta. La literatura, en consecuencia, no tiene objetivos, pero sí tiene una responsabilidad: responder a la agresión, por ejemplo, y denunciar aquello que la agrede.


El escritor asume sus textos con una doble cara: decir lo que se es y decir lo que no. Eludir el conflicto, no, pero sí cubrirlo con la contextualización social de lo que se escribe. Como dice Mellado: “Lo que intento hacer es, quizás, hacer un catastro de no lugares para refregártelos en la cara y así evitar la historia que debo contar”. Pero, finalmente, la cuenta igual.


R.S

3 de noviembre de 2009

Odio mi patria, pero...


Yo quiero a mis amig(a)os, les tengo mucho cariño, y mis amig(a)os están repartidos entre Chiloé, Valdivia, Santiago, Valparaíso, Viña del Mar, Reñaca, Limache, Villa Alemana, Quillota y San Antonio (Barrancas, Llo-Lleo y Santo Domingo). Muchos de ellos son artistas, profesionales, obreros, políticos, académicos y trabajadores de la cultura. Todos ellos son de la (sub)cultura de izquierda. Consigno esto porque es parte de la dimensión subjetiva de la política. Tengo sólo un amigo que vota por la concertación, el resto votan casi todos nulo, en primera y en segunda vuelta. Todos tienen muy buen humor, son levemente neuróticos, se han casado en más de una oportunidad, quieren a sus hijos, son honestos y postulan a una sociedad más justa. Ningun(a)o de ell(a)os es impostor (simuladores de lo que no son), tampoco son arribistas y menos envidiosos, yo diría que, en general, ninguno(a) es tributario(a) de los pecados capitales, y si algun(a)o exhibe algo de resentimiento, es capaz de trabajar esa energía odiosa creativamente. En resumen, yo quiero a mis amig(a)os y les deseo lo mejor.

¿Por qué me surge esta necesidad de declararle mi amor a mis amigos(as)? Porque ahora que se nos viene la noche oscura, porque la derecha va a llegar al poder ejecutivo y va a consolidar los otros poderes que ya posee, sea cuales sean sus señales de identidad. Por eso los amigos, incluido los cómplices, tenemos que estar más unidos que nunca.



Los otros, los enemigos y los simplemente otros (en una gama variable de relaciones), merecen seguir viviendo, quizás, igual que yo, creo; aunque es probable que debamos hacer un frente común para sobrevivir. Lo que ahora no pasa. ¿El (anti)pinochetismo nos unirá igual que ayer? ¿Todos contra el maldito de turno? La imagen es facilona, pero tiene algún sentido. Sinceramente, yo no querría aliarme de nuevo ni con concertacionistas malditos ni con burócratas conservadores ni con fundamentalistas de derecha que creen que son de izquierda, simplemente plantear la legitimidad de nuestro ghetto y respetar la legitimidad de los otros y no nos molestemos, y mantengamos las relaciones protocolares que hay que mantener y punto. Yo no soy ni tengo la verdad y no quiero que nadie me la venga a imponer, para eso me basta con una que otra plática bianual con algún testigo de Jehová (que al menos sé que no me quiere asesinar, sino sólo convencer de la necesidad de estar en el señor).



De bibliotecología y otras yerbas


El otro día fui -después de haber ido a dejar a mi hija a Santiago- a la Escuela 1. L(o)as compañeras y compañeros celebraban un aniversario de…, ¿cómo llamarlo? ¿proyecto, emprendimiento, iniciativa, acto revolucionario, ocupación popular? Habría que preguntarle a los comisarios políticos, a los cancerberos que velan por la pureza de todo lo que ahí ocurre, aunque no organicen nada. Vi a Chinoy y a la Klara, a la Libe y a otros amigos. Además, pude conversar con los brigadistas que apoyan bibliotecas populares. Todo muy bonito o casi. Sí, exactamente, estaban los “tontitos” (disculpar descalificación) o los fachos, no sé cómo llamarlos. Y ahí pude darme cuenta cabalmente por qué es tan desagradable, físicamente (la psiquis está incluida en lo corporal), ir para allá. A mí me encantaría hacer un taller (y quise hacerlo), pero están los auténticos revolucionarios, los originales, los que encarnan verdaderamente el espíritu popular, merodeando y odiando. Son ellos, los hijos de la revolución cultural proletaria del presidente Mao, los hijos de Kim Il Sung, los Guyen Van Troi, los defensores de Hanoi, los nietos de Ho Chi Min, los milicianos de la sierra, los soldados del comandante Gonzalo (en Perú), los lugartenientes de Ronald Rivera Calderón, etc. ¿Estos tipos sabrán quién fue Laurenti Beria (del tiempo de Stalin)? ¿De dónde vendrá su formación político religiosa, me pregunto? Me gustaría escribir una novela sobre eso. Yo creo que hay que asumir la derrota, al menos en lo personal. Yo creo que hay que entregarles todo, por salud mental, y reconocerles la victoria estratégica, por una especie de paradoja política, de modo que los siempre derrotados y despreciados ganen, aunque pierdan en el intento. Ellos son la verdad de lo popular, qué duda cabe. La escuela es de ellos, se merecen quedarse con ella precisamente porque no fueron capaces de crear la iniciativa, sólo parasitan de ella y en ese estado deberían hacerse cargo de la misma. Y los organizadores genuinos retirarse a cuarteles originales, descansar por un tiempo y volver para que les presten una salita (sin candado). Ellos se merecen el poder, porque no tienen momento crítico, porque son soberbios y no conocen la humildad, son como los católicos fundamentalistas, autorreferentes y egocéntricos, y desprecian al pueblo, en su fuero interno, porque éste no se deja conducir por ellos; porque son superiores, en su megalomanía sicótica y miradores en menos. Heredaron lo peor de la cultura izquierdistosa, la arrogancia cuica, heredada de los viejos intelectuales de izquierda de los sesenta-setenta, provenientes de las clases altas del país. La casa azul debiera ayudar en esto (y los pacos también, para obligarlos que se tomen los ansiolíticos o antidepresivos). Recuerdo cuando uno de ellos me increpó echándome en cara (o reprochándome), en el estilo comisario del pueblo, y de folletín político, que yo me quería aprovechar de los cabros de la escuela (el día que llevamos a cabo la “tiradura de bote”, actividad que llamamos Traslación) y ganar plata y/o proyectos, todo esto en un contexto de provocación enfermiza, -incluyendo cámara que grababa la escena-, como acumulando pruebas de cada acción hostil (de estar en internet este material quizás podamos utilizarlo cuando haya que recurrir a la justicia burguesa, ojalá eso no pase). Responder a eso es caer en la lógica primaria y banal, y hasta frívola en que esos infantilistas se mueven. Me acordé de una desviación política que describía Lenin en su libro El izquierdismo, enfermedad infantil… y que nos hacían aprender cuando yo fui militante. Estos tendrían dos enfermedades o desviaciones, según Lenin, el infantilismo y el voluntarismo. ¿Podríamos hacer un taller ideológico en la escuela?

A ese tipo que atiende o tiene un negocio microcapitalista en que vende souvenires (también capitalistas) y al otro que tiene un apodo de historieta de Disney les escuché decir, respectivamente, lo siguiente en una ocasión (en una reunión de la escuela cuando yo quise incorporarme, pero mi fobia radical me lo impidió, estoy yendo a un especialista para tratarme eso): “todos tenemos que hablar el mismo idioma”. Enunciado que delata un autoritarismo de dueña de casa. Y el otro dijo, literalmente: “a la gente hay que civilizarla”; yo creo que debe haber querido decir algo como “concientizarla o educarla” o algo así; dando cuenta de una superioridad absoluta sobre la gente y de su misión salvífica. Tengo la sensación de que estos tipos encuentran “tontos” o sin la experticia política que ellos tienen a los cabros más jóvenes de la escuela. Esa arrogancia es típica del obrerismo izquierdistoso que pretende ganar espacios en “los frentes de masa”, exhibiendo un maquiavelismo charcha, risible o hilarante, de opereta bufa. Ese arcaísmo político es insoportable e impresentable, da un poco (o harto) de pudor y hasta vergüenza ajena.


También recuerdo, y esto sí que fue hace años, cuando yo le regalé a la Biblioteca Popular Juan Alsina un libro de mi autoría, se trataba de El Objetor. Se lo pasé a ese que tiene apodo de historieta de Disney, esto fue a fines de los 90, creo, cuando estaban en Barrancas. Me tinca que debo ser uno de los pocos escritores chilenos, si no el único, que donó un libro a esa biblioteca. Me imagino que ese libro no existe, que fue destruido o vendido. Yo sé que no merezco el respeto que se merecen los escritores de verdad, esos que no viven acá y que escriben lo que hay que escribir, pero sí hay un detalle, yo tengo, construyo y diseño obra (OBRAS); no ando buscando culpables de mi fracaso o mi derrota (de nuestros fracasos y derrotas). Mis aliados están en eso, también. Están creando y trabajando.


Pregunta: ¿Estos tipos tienen efectivamente libros? ¿Uno puede verlos, tener acceso a ellos? ¿Se trata de una biblioteca abierta, no? Igual que la otra, la municipal, que está rodeada por un zoológico y un museo, que es tan abierta que yo no me atrevo a entrar (por el efecto que las miradas pueden producir en uno). Otra pregunta, ¿por qué se llama Juan Alsina? Yo sé la historia del cura que fue asesinado, leí un libro sobre eso, además, Joan Alsina casó a mis suegros y fue profe de mi amiga Sara en aquellos años. Yo pienso que el nombre está mal puesto. Me parece bien que uno haga esos recuerdos y homenajes, pero no corresponde al perfil del sacerdote histórico, creo, que trabajaba más estrictamente en el área social. Puede que esto no admita discusión, pero para aclarar estas cosas quizás sería bueno que ese grupito hiciera una presentación social de la iniciativa y/o un seminario sobre el testimonio de Joan Alsina. La tradición de que las bibliotecas lleven nombres de escritores puede romperse. Otro elemento que me llama la atención es que, a pesar de que estos tipos deben ser de tradición “marxista”, tienen esa cosa cristiano-católica, quizás vengan de la tradición parroquial obrera, muy fuerte en la zona y en Chile. Lo otro, simplemente, es que su delirio con la verdad es cristiano, es decir, puede que en cualquier momento se conviertan al señor y problema solucionado.

En vez de una novela podría consignar esto en una película que quiere filmar un sobrino mío sobre la novela Informe Tapia. Incluso, en una de esas, se lo planteo a la Karina Contreras y a otra gente de teatro para hacer una obra dramática sobre el particular que se llame, algo así como La ruina tomada, que trate de unos tipos que se parapetan en una ruina del tipo ocupa para sacarse fotos con pasamontañas y que lamentan no tener un escenario como el que pintan los medios en la zona mapuche. ¡Presentamos un proyecto y lo ganamos! Todos sabemos que una de las razones por las que nos odian estos odiosos es porque en el sector de acá, los que recibimos algo de formación podemos postular a proyectos, es decir, parte de nuestra pega es participar de ese mercado. Es parte del mercado del trabajo. ¿Ellos se habrán sacado alguno? Si no es así es de puro soberbios, porque siempre hay alguien dispuesto a elaborar alguno, yo le he hecho muchos proyectos a diverso tipo de gente, sin hacer el negocio que hacen algunos de cobrar porcentaje. Tenemos que sentirnos culpables por haber pasado por la universidad y por tener más capacidad académica. En lo personal a mí me encantaría saber cosas que ellos saben hacer, como trabajar en fierro o albañilería, pero ellos son antiobreros, nunca han creído en esos saberes de que hablaba Hesíodo en Los Trabajos y Los Días. Este tópico reaccionario popular también lo tenían algunos campesinos que conocí en Chiloé que se negaban a traspasar lo que sabían, ya sea por miserables, por disputa por el poder o porque minimizaban su saber, aunque fuera beneficioso su traspaso.



Los olores de otras cacas


Puede que todo esto ni siquiera sea tan terrible, a pesar de todo la Escuela 1 ha sido un trabajo funcional de producción y resistencia popular, a pesar de la derecha instalada, y eso ha funcionado gracias a los que ahí han estado a conciencia. Sobre todo mujeres, creo. Todo lo demás ha ido fracasando paulatinamente o funciona a medias; la organización en que trabajo, por ejemplo, trató de hacer una alianza estratégica con la CUT, pero fracasó porque no hubo interés, combinado con desprecio; también había una compañía teatral que iba a montar una obra de mi autoría, pero no pasó nada. Igual hay que seguir trabajando. Lo único que tengo entre manos es una publicación en la editorial Metales Pesados y, a nivel de grupo, una presentación del Taller Buceo Táctico en Isla Negra.


A pesar de la apariencia atomizada de las prácticas culturales las cosas parecen seguir funcionando productivamente. Un sector importante de la comunidad cultural empieza a movilizarse para pelear (creo que es el verbo correcto) el Centro Cultural Integrado y evitar que los poderes fácticos cercanos a la muni se lo tomen y pongan a su gente (es plata del Estado).


Ayer (sábado 31 del 10) en una tocata blusera me di cuenta que somos entidades productivas y que nos merecemos más de lo que tenemos, que hemos sido capaces de generar un orden cultural que tiene múltiples redes y posibilidades de armar sistemas más amplios y con más recursos, y que estamos en condiciones de administrar los recursos del Estado y participar activamente del desarrollo territorial. En concreto, podemos, entre todas las organizaciones culturales, presentar una propuesta de modelo de gestión. Se trata de ejercer la democracia, no esperar que nos lleguen las decisiones de los funcionarios que cumplen órdenes no siempre bien dictadas. Incluso hasta los “frentoncitos” podrían participar, no sin antes solicitarles que aprendan protocolo, modales y algo de ciencia política, además de producción cultural del siglo XX. Podemos hacerle frente a la muni y participar de la corporación activamente, a pesar de que conceptualmente la iniciativa parte viciada. Hay que acordarse de esas máximas populistas de que el país somos nosotros y de que el municipio también es la gente (la máxima puede tener algún sentido fecundo y real si damos la pelea). Incluso, y esto lo conversaba el otro día con la Jo y el Nino, podríamos pedirle-exigirle a la muni, ya que está a cargo de esa cosa que llaman feria del libro usado, que por favor le pidan ayuda a otras organizaciones ligadas al tema del libro y la cultura, porque el nivel de decadencia de esa iniciativa que alguna vez tuvo un mucho mejor momento no siga descendiendo vergonzosamente, es un tema ciudad y también patrimonial. Todos podríamos colaborar, controlando por cierto a ese poder fáctico que escamoteó el evento a la ciudadanía. En este punto la responsabilidad debiera recaer en la funcionaria Ximena Cartagena. Ojalá podamos conversar este punto con el Departamento de Cultura. Además podríamos comentar lo de ese premio municipal de arte que nunca más se otorgó porque “no hay a quien dárselo”, según dijo alguna vez la ex Directora del Departamento de Cultura. Este punto debe ser muy molesto porque la irregularidad debe persistir, por un tema institucional típicamente chileno. De esta y otras irregularidades nos gustaría conversar.


Me encanta la palabra irregularidad, más aún, acabo de escribir un libro precario, publicado por la editorial “Economías de Guerra”, con la Florencia Smiths, que se llama De la Extrema Irregularidad. Y, finalmente, puede que el proyecto cultural de destrucción del Estado chileno a partir de las provincias esté dando sus primeros frutos en San Antonio. Y no son necesarias las elecciones para ello y menos las disputas quejumbrosas por quién es más mejor que el otro. Me encantaría terminar con frases revolucionarias levemente distorsionadas, como por ejemplo: “Sólo la lucha nos hará Luchos” (¿muy fome?). Otra: “¡Venderse o morir (o por último arrendarse)!” Más: “¡Patria o mierda, avergoncémonos!” “¡A convertir la victoria en power point!” (que estúpido). “Por la dignidad del magisterio, paguen la deuda histórica en patrimonio intangible, más que sea.” Etcétera… Y como dijo Maradona: “¡Sigan succionando…”




Marcelo Mellado S.



Nota: Mi amiga Jo me mostró una declaración de… ¿cómo llamarlos? ¿de los frentudos? Una en que saludaban a las brigadas internacionales y que reconocían al bibliotecólogo universitario Fernando Bravo como a un aliado o colaborador. Ese cinismo es totalmente sicótico y perverso. Uno se alejó de la política tradicional, porque existían este tipo de actitudes enfermizas y desconectadas de la realidad. El inspector de patio tiene que llamarlos al orden, sobre todo para que respeten a la gente y no anden amenazando, y hostilizando a la ciudadanía.


1 de noviembre de 2009