22 de septiembre de 2008

Diálogo Ciudadano


Cosme Caracciolo, nuestro coterráneo, presente en tan importante discusión; en Valparaíso.

21 de septiembre de 2008

Roberto Bescós en Añañuca


Nuestro compañero Bescós fue corresponsal nacional de la revista de artes y letras AÑAÑUCA, de La Serena. Aquí aparece un número-reliquia (en pdf) que hemos encontrado en los recuerdos posibles de recuperar, año 1987.

Una revista estéticamente maravillosa, que ni la mejor tecnología podría reproducir hoy, con sus horribles gestos. Y bueno, las comunas y las regiones bien unidas... ¡un verdadero sueño poético!

Anular, por Marcelo Mellado


Pienso que anular es cívicamente correcto, es una propuesta que tiene valor democrático y participativo; no es restarse, como nos quieren hacer creer los comerciantes electorales. El otro día conversaba con un amigo humanista que me planteaba su tesis en relación a anular el voto, como una forma de votar. Un sector importante de la izquierda piensa que dadas las condiciones precarias de nuestra democracia la vía electoral significa muy poco desde el punto de vista de nuestros objetivos de justicia social y protagonismo político del pueblo. El mercado del voto les pertenece, en este sistema electoral, a quienes pueden comprarlo (los procedimientos se han sofisticado a este respecto).

Anular significa, en este contexto, poner en crisis el electoralismo, como mito democrático, promoviendo, en cambio, otros ejercicios de ciudadanía, como fortalecer las organizaciones populares, culturales, deportivas y otros sistemas asociativos que sorprendan al poder y sean capaces, con astucia rebelde, de disputarle los recursos del Estado a los criminales de la empresa y la política institucional.

En el caso de la elección municipal en San Antonio, el escenario es patético y risible, la decadencia de la política hay que tomarla con humor. Yo hasta hace poco estaba tranquilo porque mi voto nulo lo tenía bastante decidido, pero como esta elección tiene el ingrediente de lo personal y de la amistad, un amigo muy querido se tiró para concejal y me siento obligado a apoyarlo, porque representa lo mejor del espíritu ciudadano y porque es necesario construir puentes hacia las estructuras más formales del poder local. Además, creo que simbólicamente la izquierda debe recuperar el cupo de concejal que perdió por una pésima operación política de la fracción Miranda. Pero para alcalde anulo. Y adhiero a los sectores de izquierda e independientes que así lo van a hacer, públicamente.

La estrategia de anular el voto supone restarle legitimidad democrática a la elección, en la medida en que el que gana lo haga a pérdida, con una votación exigua y poco significativa; la idea es que todos pierdan (aunque crean que triunfen). En este contexto, el actual alcalde, como candidato, tiene las mejores opciones de ser el que más pierda (es decir, que saque más votos y sea reelegido), porque ha tenido mucho más tiempo y más aparato para manipular a la población. Él no lo ha hecho ni bien ni mal ni pésimo, peor aún, se ha limitado a ser un funcionario que administra la pobreza, en su significado más simbólico, en esa perspectiva es funcional a un orden brutalmente injusto.

Lo que sí no puedo deja de comentar es la variedad zoológica que busca ser concejal(a) (validando sólo a unos pocos que son presentables y respetables), incluidos los que ya lo fueron, que han colaborado, casi sin excepción para el no desarrollo de San Antonio (y el país). Han sido cómplices del oscurantismo que padecemos y de la falta de esperanza.

Es muy importante, insisto, en que la ciudadanía y/o el pueblo hagan sentir con un leve gesto gráfico, consistente en una pachotada grafitera -como dibujar un pene o el garabato que corresponda-, el rechazo radical al proceso incontrarrestable de criminalización de la política y al progresivo deterioro de la triste democracia conquistada.

Hasta la derrota final, que en este caso será una gran victoria.

Artículo publicado en Diario El Líder de San Antonio, 3 de septiembre 2008.

Yo no quiero ser escritor


Yo no quiero ser escritor porque nunca voy a escribir lo que quieren que escriba, por eso no voy a serlo.
Yo no quiero ser escritor porque en este país no quieren a los escritores. Si, se que suena paradojal, que habitando el litoral de los poetas más muertos que vivos no quiera serlo, pero es que a los escritores los odian y yo no quiero que me odien.
En este país los temen por decir verdades y por eso no quiero ser escritor, para que no me teman. No quiero ser escritor para que ningún profesorcito descerebrado me venga a quitar el puesto de aficionado, ni para que ninguna mierda terrorista me quiera volar la raja por acusarlo de vendido, por eso no quiero ser escritor.
Yo no quiero ser escritor porque la cultura no esta de moda y la literatura no lleva a ninguna parte. Porque si voy a un trabajo y leen en mi curriculum que lo soy se cagan de la risa. Porque me patea las bolas que en las reuniones familiares le pidan al tío que lea una historia, por eso no quiero ser escritor.
Yo no quiero ser escritor porque jamás seré lo suficientemente culto. Porque no tengo la impostura necesaria. Porque me carga la culturalidad. Porque es demasiado elitista y yo soy demasiado shileno para conformarla.
Yo no quiero ser escritor porque nunca ganaré un premio, porque soy muy malo para hacerlo, porque no tengo un grupo cultoso, político, rama deportiva o centro de madres que me apoye.
Yo no quiero ser escritor porque este país maricón no se merece que lo sea.
Yo no quiero ser escritor porque los que hay ahora son todos universitarios y yo solo pase por ahí nomás. No quiero ser escritor porque jamás me editarán y puta para autohacerlo no tengo plata.
Yo no quiero ser escritor porque no estoy solo y tengo que vivir y ser escritor y sobrevivir en este país culiao es casi imposible.
Yo no quiero ser escritor porque ya hay muchos y todos son buenos, entonces es mucha la competencia. No quiero serlo porque mi padre lo era y lo mataron para el golpe por escribir más de la cuenta.
Yo no quiero ser escritor porque soy impresentable para cualquier feria de mala muerte que se arme, porque para serle franco, prefiero algo más fuerte que la mineral en las mesas de debate y eso no se ve bien.
Yo no quiero ser escritor porque en la provincia putrefacta han florecido como callampas y todos dicen serlo y si hay algo que odio, es parecerme a ellos.
Yo no quiero ser escritor y los de verdad nunca van a saber de mí. No les voy a dar en el gusto. No quiero ser escritor porque hasta la palabra me apesta. ESCRITOR. Debe ser por lo manoseada digo yo.
En fin, yo no quiero ser escritor porque no me da la gana. Porque hoy día amanecí taimado y me importa un coco lo que digan. Porque el deseo se murió. Lo mataron como a todo en este puertucho hediondo. Porque los cerdos se comieron mis últimas perlas y me dejaron sin trabajo.
Porque está lloviendo.
No quiero ser escritor por todas estas cosas y por otras muchas…
Que no quiero escribir.


Saludos.
Malditos perros de mierda.

Gabriel Prach

Por qué escribo cuando podría hacer otra cosa



1 “El tao como el equilibrio perfecto entre migo y lo que está conmigo. Los universos que no se completan, se completan en el tao”. Leo y trato de decir pero no lo digo, sigo leyendo. “La sombra de la ladera y la luz en la ladera como meditación y equilibrio”, esto lo leo en una revista antigua de Mecánica Popular y lo dice un cocinero de un restaurante como apunte de gasfitería práctica.

2 En una película de Karate, el alumno renuncia, se va por un tiempo. Dos escenas después vuelve y le dice a su maestro: “puedo luchar con todo pero no contra tus ojos”. Un amigo vio la película y me cuenta que ocupó la frase como verso de amor. Se reconcilió con su pareja y llevan tres meses sin ningún sobresalto mayor.
Para mí eso es la función de un movimiento, buscar el equilibrio en su no equilibrio, caminar en la lengua, perderse. Cualquier tipo de acción que genere movimiento es meditar, en la función de que ese movimiento entre en relación con su entorno, sobre todo, la subversión de los márgenes no habitables, para mí lo que más se le acerca es el movimiento que arrastra cualquier acción centrífuga o centrípeta. Cualquier movimiento es algo vivo o tratando de morir como otra forma del tao. Algo que arrastra y que se deje arrastrar.
Por eso escribo, por la misma razón por la cual no escribo, porque dejo arrastrar la fuerza de un movimiento. Me detengo. Luego avanzo una idea, una imagen, el roce de una palabra cuando la escucho o cuando la pronuncio. Después viene el Ruido que corta el aire, este ruido humedece el ambiente. Este Ruido es un adjetivo que trae un grado de temperatura. Por eso escribo y no escribo. Porque ese Ruido arrastra algo y mueve otras cosas. Primero fueron las palabras o lo que no dijeron las palabras. Luego caminar con los muertos. Caminar con los muertos como cuando enciendo un televisor y sintonizo un canal que no conozco y escucho voces. Conversar con ellos como con un desconocido. Un hombre de pelo oscuro como muchos otros, con un cansancio natural, como los demás, en los ojos, que piensas será alguien importante en tu vida y no lo ves nunca más. Caminar con muertos es verse morir sin escribir sobre eso, simplemente caminar y moverse, y mover la seducción de los objetos que me rodean. Quizás fue más o menos así, -o ejemplificar, después de todo, sea comprobar que no pasó nada de aquello pero está en un lado de tu memoria y de tu historia-. No sé por qué escribo, lo que sí sé es que un día escuché un grito. La naturaleza de ese grito armó una escena. Había una habitación. Vi a un hombre después de escuchar el grito. Aparece el adjetivo como la fotosíntesis, la luz que arma la escena alimenta los detalles que deforman el lugar. Las plantas trasforman la luz en alimento; adjetivar es trasformar la luz de los deseos en alimento del delirio; el delirio es subversión. El grito fue anterior, la manera en que grabamos la escena y la luz no es la misma como grabamos un sonido en la memoria. La luz y el sonido se graban en diferentes velocidades y por algún motivo que trataré de no explicar, por ahora, se abrió una puerta. Luego de permanecer un momento en la habitación, ésta -para mí- se empezó a empequeñecer. Tomé algo con que medir y la habitación tenía la misma medida que antes.
En ese momento pensé que el grito fue después de que se abriera la puerta. La puerta se abre, me muevo. Me olvido de la puerta y luego escucho el grito. Se oscurece y el deseo que adjetiva la escena no se pierde sino que se intensifica. Luego abro otra puerta y otra habitación vacía. Pero pensé que no entrar en todas ellas era no ver, no seguir el movimiento que nos arrastra. Existe sólo una salida y es fácil acceder a ella, pero entrar en las otras habitaciones era mantener el movimiento. El grito se escuchó en otra habitación; abrí una puerta, la encontré en silencio, vacía, lo más lógico era encontrar alguien parecido a mí que entró antes. Pero no. Entonces supe que el grito provenía de las paredes. Me acerque a una pared. La excitación de mi oído empezó a crecer. Toqué para saber si había alguien. Del otro lado contestó otra persona y luego preguntó algo que no alcancé a oír. Sabía entonces que no estaba solo. Esto lo sabía desde antes que la puerta se cerrase y entonces alguien o muchos alguien estaban dando señales por las paredes. Señales incomprensibles. El movimiento se detuvo para comprobar su flexibilidad. La lentitud del grito se hizo pesada. La escena estaba en otra parte, afuera había pasado algo. Una mujer caminaba medio dormida y con frío y se detiene afuera, me dice que me conoce y que sí, había pasado algo. Yo le digo algo cómico, me dice que no he cambiado y que debería hacerlo pronto. ¿Pronto para qué pregunto yo? Luego la mujer está en la habitación ordenando todo y me dice que alguien se va. Yo no comprendo nada. Y descubro que tengo que seguir aquí y no moverme. Luego la puerta se cierra. (Pausa) en la escena hay una pausa.
La naturaleza de esa pausa es como lo que me contó un amigo una vez. Claudio –mi amigo mientras dejaba que la taza de té se le enfríe y la televisión estaba encendida a dos metros de nosotros y al mismo tiempo muy lejos- decía que cuando tenía como ocho años, Pinochet estaba en el poder y él no lo sabía o lo sabía pero comprendía que era una imagen, y que esa imagen es parte de su infancia y de mucho más. Y que sólo lo sabe y lo piensa ahora, y eso es entretenido, conmovedor y algo que ya pasó y no pasó también. El asunto es el siguiente –me dice Claudio- un día llega el profesor. Él y otros compañeros de ocho años le miran. El profesor se movía por la sala y hablaba mucho, mientras ellos lo miraban y se reían, el profesor habla y sin previo aviso se lleva su mano a su cara, alegaba, se agachaba sólo un poco y se quedaba quieto. Inmóvil. Hablaba y de pronto se queda quieto. Los ojos fijos. Esa es la naturaleza real de una pausa, no comprenderla realmente y sin más volvía a hablar y caminar como si nada hubiera pasado. Mi amigo se detiene y dice: otras veces hacía lo mismo pero con las manos en su nariz, salía corriendo de la sala y luego continuaba como si nada. Eso era lo que más me llamaba la atención -dice Claudio-. Algo pasó que no se ve y la escena siguió caminando, pero dislocada. Se hizo una pausa y el movimiento siguió en otro ritmo, encontrar la razón de la pausa y del ritmo genera los monstruos de esa pausa y de la proximidad del horror. Dislocaciones de identidad. Afectadas y desenfocadas en eso podría ser lo importante. La naturaleza de la pausa, dice mi amigo, la he vuelto a ver otras veces. El horror tiene formas y texturas extrañas pero está en todas partes. Sin ir más lejos, el caballero que leía el diario parado frente a su casa cuando veníamos para acá, tenía los ojos cerrados, no dormía porque su posición no era la de alguien que dormía, era la de alguien que cierra los ojos como si los tuviera abiertos y fijos y siguió como si nada. Eso es una pausa cuando se arma una escena. Una forma del horror o algo parecido.
Conmueve saberlo y cada vez pienso que mi naturaleza de cínico es una alternativa de enfrentar el horror de cada momento. Hay un sonido interno en la forma de la escena que hay que descubrir y saber la naturaleza del delirio de ese razonamiento. Estar escribiendo algo, la línea de un poema que repites y que empezó con un grito. El sonido interno de las formas, aparece y desaparece. En una habitación alguien aparece, luego desaparece y aparece otra persona y nada es extraño. El grito abre una puerta, la escena es un movimiento. No sé por qué escribo y no me importa y estoy mintiendo y estoy diciendo la verdad. Estoy haciendo otra cosa en estos momentos. Estoy poniéndome algo para caminar, estoy cerrando o abriendo una puerta…

Luis Retamales Rozas

Texto publicado en el grupo Casa Azul.

Bajo el puente, Luis Retamales.


Radioteatro CACHA EL MOTE fue un proyecto creativo realizado por los amigos del Espacio Cultural de Llo-Lleo, y en el que participó nuestro compañero Luis Retamales.

Para escuchar su intervención, BAJO EL PUENTE, escucha aquí.

El Neceser de Marcelo Mellado




Obra dramática de Marcelo Mellado, estrenada en el Instituto Chileno Norteamericano de Santiago, año 1996. En ella actuaron Carlos Concha y Carola Jerez (fotos).

Información en minimale.cl

8 de septiembre de 2008

Crónicas de la provincia






Revista Margen de Filosofía y Letras que fundara nuestro compañero Marcelo Mellado, entre otros, por allá por el año 1985...

Acá una muestra de su trabajo acerca de la provincia...